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Historia PESAGUERO
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Las entidades de población que existen en la actualidad son las siguientes: Pesaguero, Avellanedo, Cueva, Barreda, Lomeña, Valdeprado, Lerones, Vendejo y Caloca, con sus correspondientes barrios. La historia y dependencia de los habitantes de éstos lugares está íntimamente ligada a la historia del monasterio de Santa María de Piasca, hasta que éste pasó a depender del monasterio de Sahagún, a partir del siglo XII. Aún aparecen núcleos de población en el siglo XIV, como Pesaguero y Obargo, que mantienen algún tipo de dependencia con el monasterio de Sahagún. Las Ordenanzas de los pueblos del antiguo valle de Valdeprado regulaban la vida y las costumbres de los vecinos de los diferentes pueblos. Así encontramos como en el pueblo de Avellanedo todos los vecinos tenían la obligación de sembrar tres cuartos de trigo y la persona que llegaba al pueblo en cuenta de avecindarse tenía que pagar al concejo tres cántaras de vino, una fanega de trigo y un carnero de dos años; también se prohibía recoger en el pueblo a gente forastera y tenerla más de una noche en casa, tocar a concejo sin ordenarlo y el pastor del ganado tenía que ser respetado por todos los vecinos. En el Catastro del Marqués de la Ensenada, en el siglo XVIII, los pueblos del valle de Valdeprado eran de señorío y pertenecían a la Casa del Infantado, a quien pagaban por dicho motivo los derechos de alcabalas. A partir del año 1822, los pueblos del valle comenzaron a formar parte del municipio de Pesaguero. Vamos a conocer los pueblos del municipio, su historia, tradiciones y costumbres y para ello tomamos la carretera que conduce al puerto de Piedras Luengas, pasamos junto a la antigua venta de La Viñona, obligado alto en el camino, desviándonos por la derecha a través de una carretera para alcanzar las poblaciones de Basieda y Lomeña.
La documentación escrita y la tradición oral nos dicen que hubo un primitivo núcleo de población llamado Horres, entre Basieda y Lomeña, por encima de la actual iglesia parroquial y en el camino que conduce a la Collada del Salce. Cerámica, teja y restos de otros tipos de vasijas se pueden apreciar en el lugar donde se encontraba la población, que debió de tener importancia durante el medievo. Horres se cita en el año 966, siendo Fernando Rodríguez conde de Liébana. El último documento está fechado en el año 1153, en una donación del rey Alfonso VII al monasterio de Santa María de Piasca, por medio del monasterio de Sahagún y de su abad Domingo. En dicho documento el rey hace entrega de su heredad realenga, que poseía en Horres, Ubriezo y Yebas, donde se deslinda por el norte la jurisdicción de la Pared de Piasca. Dicen las leyendas que en el lugar conocido como el Joyal de la Rasa, cerca de Horres, se levantaba un convento en el que se ocultó un importante tesoro en oro y billetes, que alcanzaba la suma de 980.000 pesetas de las de entonces.
Entre Lomeña y Basieda se encuentra, en un altozano, la iglesia parroquial. Alrededor de la iglesia han aparecido sepulturas de lanchas de época medieval. La iglesia es de una nave con cubierta de madera, excepto la capilla principal que presenta arco de entrada apuntado y cubierta con bóveda de crucería de ocho plementos. En su interior hay una magnífica pila bautismal románica del año 1238, según se puede leer en una inscripción tallada en la misma. Regresamos a La Viñona y doscientos metros más arriba otra carretera nos conducirá a los núcleos de población de Dos Amantes, Barreda, Obargo y Lerones. Lerones ya se cita en el año 831 en una donación a la iglesia de Santa María de Baró y en la que se menciona la existencia de la iglesia de Santa María de Lerones. En el siglo XIV era propiedad de don Tello y de la abadía de Lebanza. Cerca de Lerones existió la población de Dollayo, documentada desde el año 1137 y también en 1352. Por los restos encontrados en la zona -piedras labradas y calcinadas- parece ser que pudo desaparecer en un incendio. Encima de Lerones hay un monte de roble que domina la población y llamado El Castro, donde hubo un antiguo castro cántabro del que aún existen restos.
En Lerones existía una panera de grandes dimensiones donde se guardaba el trigo por medio de un fiador. Cuando escaseaba el cereal el vecino necesitado sacaba una fanega, que volvía a reponer en tiempo de recolección, más una maquila que se cobraba de intereses. En la carretera general que conduce a Piedras Luengas, por debajo de Lerones, se ve un antiguo puente medieval en el lugar de Peña Corvel. Cerca de Lerones se encuentran las poblaciones de Dos Amantes, Barreda y Obargo, pertenecientes al antiguo Alfoz de Biembibre, citado desde el año 1041. Igualmente existe constancia de la existencia de núcleos de población al noroeste de Barreda, donde existió una iglesia bajo la advocación de San Martín y se han encontrado restos de teja, huesos y piedra toba, y en las cercanías de Obargo, en el lugar de Santa Olalla, donde hubo una iglesia bajo dicha advocación y ha aparecido una necrópolis medieval.
La actual iglesia parroquial está situada en un altozano entre las poblaciones de Barreda y Obargo. Es de antiquísima construcción con reformas en la espadaña efectuadas en 1882. Un conjunto de rústicos canecillos soportan el alero de piedra del tejado de la sacristía. En uno de los contrafuertes del exterior de la capilla mayor existe una piedra partida con restos de inscripción de difícil lectura. Continuamos ruta por el resto de los pueblos del valle y de nuevo por la carretera general llegamos a Pesaguero, capitalidad del municipio, con su barrio de La Parte. Pesaguero está íntimamente ligado a la historia del monasterio de San Félix, que aparece documentado en el año 1199 en el Cartulario de Piasca. Esta localidad era en el año 1352 una cuarta parte de abadengo del abad de Sahagún y tres partes solariego de don Tello y Pedro González Orejón. En el año 1571 los monjes del monasterio de Piasca quisieron conocer los solares y posesiones que les pertenecían y mandaron practicar apeos en cada uno de los pueblos del valle. En Pesaguero, el prior de Piasca tenía posesión, derecho y costumbre de presentar al beneficio curado de la iglesia de San Pedro, escogiendo un dezmero y después, haciendo dos partes del resto de los diezmos: la una la llevaba el prior y la otra, el cura del concejo. Cada año dicho prior entregaba a los vecinos del concejo de Pesaguero seis cántaras y medio azumbre de vino el domingo anterior a la festividad de Santo Toribio.
Vendejo ha sido pueblos de indianos que salieron del lugar en busca de fortuna. Uno de los que más huella dejó fue Manuel Pérez de la Vega, conocido como el indianón de Vendejo. Manuel fue capitán de patriotas distinguidos de México, caballero del Santo Sepulcro y miembro de instituciones de literatura y arte. En la entrada de su casa hizo esculpir la siguiente inscripción: "Aquí vive don Manuel Pérez de la Vega, que de las cuatro partes del mundo llega y dice a todos desde Vendejo, su lugar, que las anduvo por tierra y por mar, y mandó cerrar esta heredad para legar su nombre a la posteridad." En Vendejo hay casas solariegas con escudos de armas que nos hablan de un pasado importante; las armas de Lamadrid, Linares y de la Lama y, cerca de la iglesia parroquial, la Torre, edificio construido en el año 1607 con los escudos de Verdeja y Cossío. En las cercanías de Vendejo tuvo lugar una cruel batalla librada durante la Primera Guerra Carlista.
En Caloca recuerdan como al concluir la temporada de la hierba y llegado el otoño se comenzaban a construir utensilios y aperos de labranza con el fin de transportarlos con el carro en largos y duros viajes a los pueblos de Castilla y poder intercambiarlos, principalmente por trigo, que era producto escaso y uno de los más preciados. En el interior del pueblo de Caloca hay una ermita bajo la advocación de la Inmaculada, con cubierta de madera excepto la capilla mayor que tiene bóveda de crucería de ocho plementos. En Caloca recuerdan oír hablar a los ancianos de la "nevaona", una impresionante nevada que cayó en el año 1888 y que en muchos puntos del pueblo hizo que la nieve superase los tres metros de altura. Hay en el pueblo una magnífica casa con portalada, antigua casa rectoral y en una inscripción en la fachada que dice: "Esta casa hizo Miguel López de Lamadrid, cura de éste lugar. Año de 1628". Un escudo en la fachada con las armas de Lamadrid y dos, en un corredor de la parte posterior de dicha vivienda, con las armas de Verdeja y Cuevas, nos hablan de un pasado de hidalguía.
Más arriba de Avellanedo, encontramos el pueblo de Cueva. Cerca del río Bullón y en las proximidades de Cueva, se encontraba el pueblo de Cariezo, ya desaparecido, que se cita en el año 1231 y la iglesia de San Vitores, donde en su cementerio se enterraba a los vecinos de Valdeprado, Cariezo y Cueva. En Cariezo han aparecido restos de sepulturas de lanchas.
El último pueblo antes de llegar al puerto de Piedras Luengas es Valdeprado. El dato más fiable sobre la noticia de una población en el pueblo de Valdeprado lo tenemos en el Libro Becerro de las Behetrías, del año 1353, cuando se cita a Santa María de Valdeprado y se dice que es de don Tello. Los vecinos recuerdan los largos viajes que realizaban con los carros a las poblaciones de la vecina Palencia, donde llevaban ruedas y barandillas, albarcas y escarpines, para regresar cargados de patatas, vino y harina. Las localidades castellanas de Cervera, Aguilar y Mave eran las más visitados. En Valdeprado contemplamos todavía la arquitectura popular lebaniega, desde las impresionantes casonas con grandes portaladas, viejos corredores y escaleras de piedra, pasando por los hornos para cocer el pan, o el hórreo, que se encuentra en La Fuentuca, junto a la fuente, e incluso una casona con dos escudos de las armas de Salceda y Torre, cerca de la iglesia. Ésta tiene planta de cruz latina y fue construida en el año 1797. Hubo otra iglesia más antigua que estuvo situada entre la actual taberna, la carretera y la vieja escuela, junto al camino que conduce a Cueva. Finalmente, después de pasar junto a la Venta Pepín, llegamos al puerto de Piedras Luengas para contemplar desde su mirador de madera la belleza del valle de Liébana y del macizo de los Picos de Europa. |
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LAS GUERRAS CARLISTAS
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En los primeros días de marzo del año 1838 salió de la corte de don Carlos, establecida en Estella (Navarra), el conde Negri al mando de 6.000 hombres con 200 caballos y varias piezas de artillería. En Aguilar de Campoo mantuvo una entrevista con el cura Merino, que estaba al frente de los carlistas castellanos, y penetra en Liébana por Sierras Albas. El general liberal Latre, con 10.000 hombres, un escuadrón de caballería y varias dotaciones de artillería, seguía los pasos de Negri. En la mañana del 21 de marzo llegaron los primeros carlistas al pueblo lebaniego de Vendejo. Existía muy cerca del lugar una pequeña vega situada entre Pesaguero y Vendejo, denominada Ruvendejo, cruzada por un puente medieval, donde el general Negri, viendo que se acercaban las tropas de Latre, colocó a sus tropas, ocupando el angosto desfiladero. Los hombres de Latre bajaron por los montes de Vendejo e hicieron retroceder de sus posiciones al Quinto de Caballería. Comenzó a nevar y se produjeron numerosas bajas en ambos bandos. Los carlistas se replegaron hacia el encinar de Sierra Lobera y Latre ordenó colocar su artillería en las calles de Vendejo. Durante la lucha fue herido en una mano. La batalla se desarrolló hasta bien entrada la noche. Se cita en las crónicas que hubo más de 750 bajas. El pueblo de Vendejo tuvo que habilitarse como hospital de campaña y sus vecinos debieron de entregar comida, ropa y animales. El ejército carlista del conde Negri, derrotado, se retiró hacia Piedras Luengas. Este es uno de los episodios más sangrientos que se recuerda en las guerras acaecidas en la comarca lebaniega. |
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